Caminó Enoc con Dios… y Dios se lo llevó. Ese es el relato de Génesis.
No hay explicaciones. Simplemente desapareció de la faz de la tierra porque Dios se lo llevó. En pocas palabras, apenas unas frases, el relato bíblico da cuenta de una relación especial entre Dios y Enoc. Caminaban juntos.
A buen entendedor, pocas palabras, dice el refrán. Y este caso, me parece, confirma el dicho. Dios no pierde tiempo caminando con personas que no son fieles, santos, confiables, auténticos, veraces, disponibles y dispuestos.
Tan buena era la relación (no la religión), que Dios decidió continuar la relación con Enoc en otra parte. Así que lo traspuso. De acá pasó para allá. Y Enoc siguió caminando con Dios.
Por más vueltas que le demos a las interpretaciones, estamos frente a una de las grandes excepciones de la regla de la muerte. La otra es Elías.
La tentación es enfocarnos en lo sobrenatural de la trasposición, que es obra de Dios y derecho divino, cuando deberíamos estar preguntándonos cómo hizo Enoc para mantenerse caminando con Dios durante más de 300 años sin perder el camino, ni apartarse, ni retrasarse.
¿Cómo hiciste Enoc?
Después de recorrer el portfolio bíblico y de repasar el trato de Dios y de Jesús con los hombres, me detuve en un hombre que caminó con Jesús. Y bastante. Pedro.
Mi ansiedad y pánico desaparecieron. El estándar que me marcó Enoc me había parecido imposible de igualar, pero de Pedro conozco sus debilidades, sus fracasos, sus mentiras, sus promesas incumplidas, y tantos otros detalles de su carácter impulsivo. Bueno, casi diría que, si Jesús siguió caminando con Pedro, a pesar de Pedro, yo podría tener alguna posibilidad de caminar con Jesús también.
Y leyendo la primera carta de Pedro encontré esta perla: «Por algo habéis sido llamados a seguir las huellas de Cristo, que, padeciendo por vosotros, os dejó un modelo para imitar» (2:21, La Biblia Interconfesional, SBU).
Huellas, pisadas, ejemplo, modelo…
Al reflexionar sobre esto, descubrí tres cosas.
Debo poner mis pies en las huellas que Jesús dejó. Ni adelante, ni atrás ni tampoco al costado. Exactamente en la misma pisada de Jesús. Esto me habla de una identidad con él. Una total identificación. Ser uno en Cristo.
Debo mantenerme lo más cerca de Jesús como sea posible. Si me separo de él, las pisadas de otros pueden interferir y llevarme a confundir las pisadas de Jesús con otras que pueden ser parecidas. Esto me habla de una comunión, de intimidad exclusiva con Jesús.
Debo mantenerme enfocado mirando hacia abajo para no errar al poner mis pies en las huellas que dejó Jesús, para seguir su ejemplo de vida. Esto me habla de vivir en humildad, de la necesidad de mantener mi vieja naturaleza bien muerta para que Cristo sólo viva en mí.
Para profundizar:
2 Pedro 1:3-8
Para comunicarte con el autor del artículo, envía un correo a xxxxxxxx@xxxxxxx.xxx